27/8/09

El deseo y la acción

Inteligencia Práctica: Proactividad e Iniciativa

El deseo pasivo consiste en anhelar algo, y simplemente limitarse a esperar. No hay energía para hacer intervenir la voluntad, y por lo tanto, no hay acción.

Un autor, antiguamente, estableció la analogía del deseo activo con la fuerza del vapor:

‘El deseo pasivo es semejante al fuego lento, que calienta sólo el agua de la mente un poco menos que hasta el punto de ebullición y que, por lo tanto, no produce vapor. El deseo activo es el fuego vivo que rápidamente calienta hasta producir el VAPOR DE LA VOLUNTAD; entonces el vapor se precipita en las válvulas y en un momento se ponen en movimiento los émbolos, y empiezan a girar las grandes ruedas de la acción’.

Ordena toda acción consciente e inconsciente del hombre y de otros seres inferiores a él.
Quisiéramos imprimir indeleblemente en la mente del lector que el DESEO ES EL REAL PODER MOTOR MENTAL, ES LA ENERGÍA DE LA VOLUNTAD QUE PRODUCE LA ACCIÓN.
El autor antes citado, desarrolla aún más la relación entre el deseo y la acción:

‘Un hombre puede poseer otras cualidades superiores, puede tener otras dotes de carácter o inteligencia; si el fuego del deseo languidece en él, fracasará en la obtención del fin propuesto. Es preciso desear una cosa hasta el grado máximo antes de desplegar las energías para obtenerla.

Los grandes caracteres de la historia, tanto antigua como moderna, los hombres y mujeres que han hecho ALGO, han demostrado un insaciable e insistente deseo por la conclusión u obtención, y el fuego del deseo ardía vivamente en sus almas, y las explosiones en acción eran constantes y poderosas. Hablamos con frecuencia de la fuerza de voluntad de las personas; pero imaginemos por un momento cuán pronto podrían concluir estas voluntades de hierro no siendo movidas por el insistente deseo que está siempre detrás de la fase de acción de la voluntad’.

Cada lector puede ver esta cuestión por sí mismo; es importante que cada uno procure darle forma en su propia conciencia a la importantísima parte desempeñada por el deseo insistente. Considere cada cual sus propias acciones, pasadas y presentes, y encontrará que toda obra importante que ha llevado a cabo ha sido sólo en aquellos casos en que su deseo era firmemente estimulado y retenido, en aquellas ocasiones en que ‘deseaba tenazmente’.

‘Corazón débil no conquista dama hermosa’, y el débil deseo tampoco alcanza nada.

Se designe este deseo con otro cualquier nombre: aspiración, ambición, necesidad, ansia, empeño o cosa semejante, y se verá que está siempre presente en todos y cada uno de nuestros actos.

¿Ha convocado alguien sus más enérgicos poderes, excepto ante la urgencia de un fuerte, vivo e insistente deseo? Creemos que no. No hay vapor sin fuego, no hay acción grande sin un deseo intenso e insistente. No es de sorprenderse, pues, que muchos psicólogos digan que el deseo es el umbral de la voluntad.

Pero vivir sólo en el mundo de deseos es vivir en un mundo intermedio que, de por sí, no puede precipitar nada. Es preciso que la persona, toda entera, se pronuncie respecto al deseo. Y la persona toda entera es la mente, la afectividad y la voluntad. El deseo, sin intensidad y duración, es necesariamente pasivo. O, expresado de otro modo: EL INTERÉS - O DESEO- ES LA MEDIDA DE LA ACCIÓN.

‘A menos que uno necesite una cosa por encima de todo, y dé a este deseo la forma de una enérgica fuerza impelente, no podrá contar con una voluntad que le lleve a la obtención de lo deseado. no basta con desear hacer una cosa, sino que es preciso desearla a todo trance. es preciso desearla como desea pan el hambriento; como desea aire el que se asfixia, y si uno despierta en sí mismo un vivo, ardiente e insaciable deseo, la voluntad pondrá en acción una de las mas potentes fuerzas mentales de la naturaleza’.

Abel Cortese

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